Ascensiones míticas. 50 puertos de leyenda que deberías coronar – Daniel Friebe / Pete Goding

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Tanto si andas planeando una escapada para subir alguno de los hitos de nuestro deporte, como si quieres conquistarlos sin levantarte del sillón, o buscas un chute de “bicio” en vena para esos días de invierno tan grises y fríos en que no apetece por nada del mundo subirse a la bici, aquí tienes lo que buscas.

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Una recopilación de cincuenta puertos de leyenda con magníficas fotos de gran formato tomadas por Pete Goding de las cimas sagradas para todo aficionado, acompañadas de textos de Daniel Fiebe con la descripción de cada cumbre y su entorno, donde se narra todo lo que allí ha pasado en un momento u otro de la historia del ciclismo, y acompañadas además de gráficas de desnivel, mapa de situación y demás información de interés.

Este volumen se convertirá en tu mejor amigo, en tu libro de cabecera. Un regalo perfecto para ti mismo o para alegrarle la estantería a alguien a quien aprecies.

Están clasificadas en cuatro grupos, divididas de mil en mil metros de altitud. Desde el Koppenberg en Bélgica o la Cipressa en Italia, hasta el Pico Veleta en España, que es el único que supera la cifra de los 3000 metros. Entre medias todos los grandes: Lagos de Covadonga, Angliru, Hautacam, Mortirolo, Mount Ventoux, Gavia, Pordoi, Izoard…

Y por supuesto el que es el protagonista del día en el Tour: Alpe D’Huez, que nos cuenta Friebe que se subió por primera vez en el Tour en 1952, y cuya cumbre se impuso el gran Fausto Coppi. Al parecer no despertó demasiado interés, porque el excepcional estado de forma del “campioníssimo” tenía amedrentado al pelotón y no hubo lucha.

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“Los americanos tenían Woodstock; los británicos, Glastonbury; y los holandeses… el Alpe D’Huez”

La montaña de los holandeses. Así se la conoce, pues desde la vuelta del gigante de las 21 curvas (cada una de las cuales está dedicada a uno o varios de los corredores que han ganado en el Alpe) al Tour en 1976 , ocho de las trece veces fueron conquistadas por ciclistas de los Países Bajos. Al parecer los viajes en coche a la cima se convirtieron en un rito para adolescentes y veinteañeros de aquel país, convirtiendo a su curva (entre las sexta y la séptima contando de arriba hacia abajo) unas cuantas noches de cada verano, en la capital festiva de Europa. De día pintaban la carretera con los nombres de sus ídolos, y por la noche, esa misma franja de asfalto se convertía en una pista de baile, en la que melodías como “Boogie is the best” (su oda a Boogerd) y otros clásicos “dudosos” resonaban por el valle de Oisans.

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Es tal la concentración de público en sus trece kilómetros de longitud, que Marco Pantani comentó tras su victoria en 1995 que había “escalado a ciegas, en medio de ese mar de personas que iba abriéndose a mi paso”. Más de un corredor ha confesado sentir miedo, además de excitación, en esta subida, debido a la efusividad (y en ocasiones ebriedad) de los aficionados.

De hecho han tenido lugar varios incidentes. En 1999, a 900 metros de la línea de meta, el italiano Giuseppe Guerini avanzaba hacia una victoria segura cuando un joven aficionado alemán saltó a la carretera para hacerle una foto. Chocaron, Guerini cayó al suelo, y con él, su sueño. Afortunadamente un empujón de su avergonzado asaltante le permitió recuperarse justo a tiempo para mantener el liderato y dar a los italianos la séptima victoria en ocho visitas al Alpe D’Huez durante la década de los noventa.

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Hoy en día, alrededor de trescientos aficionados escalan en un día normal el Alpe D’Huez en sus bicis, comprando y sellando una tarjeta al pie de la escalada y luego en la cima, para comparar sus tiempos con los de Coppi (cuarenta y cinco minutos, veintidós segundos), Pantani y Amstrong. Los más masocas vuelven cada julio para participar en uno de los eventos ciclodeportivos más exigentes del mundo, la Marmotte, que trepa hasta el Alpe por los puertos de la Croix de Fer, Télégraphe y Galibier. Y es también el escenario de un triatlón de larga distancia de los más hermosos y exigentes.

Los puritanos siguen tachándola de advenediza entre las escaladas clásicas, de vulgar y artificial, como la estación epónima, que sin embargo presume de la pista más larga del mundo (la Sarenne, pista negra de 16 km). Pero con sus 21 curvas, sus empinadas rampas y su multitudinario público, se ha transformado en una escalada, que aunque algo hollywoodiense, es imprescindible en cada edición de la Grande Boucle.

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